Análisis geométrico de los signos lapidarios: los tres modelos de red

Para los Maestros venidos del mar, los supervivientes de la primera Humanidad destruida, la sabiduría constaba de un Principio Creador inmutable del que procedían tres Leyes fundamentales que actuaban en todos los planos del Universo. Con el tiempo la clave se perdió. De aquel mensaje transmitido bajo formas metalingüísticas sólo quedó el soporte estéril de unos símbolos que confundían o eran utilizados por otras disciplinas interpretativas, como la Alquimia, la Gnosis o la Cábala.

El Saber, definitivamente, quedó relegado. La sociedad primó el tecnicismo estéril, y el ser humano se dejó conducir por la lógica y la razón materialista. Las viejas fórmulas de aprehensión del conocimiento directo, la capacidad de leer entre líneas o de extractar contenidos por simple observación, dejaron de ser útiles, no servían para leer planos, fabricar piezas de complicados engranajes, levantar estructuras de acero o comprender la aerodinámica, por ejemplo.

Esta experiencia sensible, educada a leer estructuras geométricas inmateriales y abstractas, es la única capacitada para leer mensajes codificados con algún tipo de Geometría vital, que aplicaron a lo largo y ancho de los templos de una determinada época. Esta Geometría vital, como procedimiento de control de la forma y las medidas, es el principio del orden que impera en el templo. A través de ella, la clave puede rescatarse y el mensaje oculto, al fin, leído.

Para los Maestros venidos del mar, los supervivientes de la primera Humanidad destruida, la sabiduría constaba de un Principio Creador inmutable del que procedían tres Leyes fundamentales que actuaban en todos los planos del Universo:

  1. Existencia de la trinidad como ley fundamental de acción en todos los planos del Universo. Sin haber analizado los tres planos de manifestación de dicha Unidad, el ser humano no puede concebirla. En esto se apoya la idea de la Trinidad celeste de casi todas las cosmogonías, y la de trinidad humana (espíritu — alma — cuerpo) del Hermetismo, trinidades todas que se sintetizan en la concepción unitaria de Dios y el hombre.
  2. Existencia de las correlaciones que íntimamente unen todas las partes del universo visible e invisible. Esto permite que por el empleo de la analogía el razonamiento pueda elevarse de los fenómenos a sus leyes, y de las leyes a los principios. La doctrina de las correlaciones es inseparable de las analogías y de la necesidad de su aplicación.
  3. Existencia de un mundo invisible, duplicado exacto del visible y perpetuo factor de éste. Parece una constante del ser humano utilizar los recintos sagrados como vehículos con el que transmitir mensajes trascendentes; alentados, quizás, por esa fuerza espiritual que radia su interior, o por el universo de signos y símbolos que encierran. Con probabilidad, los iluminados que levantaron los templos cumplían un mandato formulado hace miles de años, en los albores mismos de la Humanidad. Viendo llegada la hora de la luz, el final de las tinieblas, se sintieron obligados a dejar constancia en piedra de ese misterioso programa que portaban: Una pesada carga que, de otro modo, tal vez se perdería para siempre. Así, con sutileza, sin llamar la atención, fueron colocando los símbolos que lo desarrollaban. Cada detalle constructivo o cada forma, impregnadas de paciente sabiduría, estructuraban un espacio –interno y externo– que no sólo servía como morada de la divinidad patente, sino que daban cobijo a la Sabiduría latente.

Con el tiempo la clave se perdió. De aquel mensaje transmitido bajo formas metalingüísticas sólo quedó el soporte estéril de unos símbolos que confundían o eran utilizados por otras disciplinas interpretativas, como la Alquimia, la Gnosis o la Cábala. El Saber, definitivamente, quedó relegado. La sociedad primó el tecnicismo estéril, y el ser humano se dejó conducir por la lógica y la razón materialista. Las viejas fórmulas de aprehensión del conocimiento directo, la capacidad de leer entre líneas o de extractar contenidos por simple observación, dejaron de ser útiles, no servían para leer planos, fabricar piezas de complicados engranajes, levantar estructuras de acero o comprender la aerodinámica, por ejemplo.

Esta experiencia sensible, educada a leer estructuras geométricas inmateriales y abstractas, es la única capacitada para leer mensajes codificados con algún tipo de Geometría vital, que aplicaron a lo largo y ancho de los templos de una determinada época. Esta Geometría vital, como procedimiento de control de la forma y las medidas, es el principio del orden que impera en el templo. A través de ella, la clave puede rescatarse y el mensaje oculto, al fin, leído.

 

La red cuadrada


Si imaginamos el templo como un cuadrado que circunscribe a un círculo que, a su vez, contiene un centro, tendremos tres conceptos primarios que con seguridad emplearía el maestro o el artesano para expresar conceptos elevados; puesto que poseen la capacidad de resumir la evolución del espacio trascendente, donde el ser humano percibe vivencias incomprensibles y cree constatar con fuerzas que lo superan.

Nosotros hemos querido ir más lejos y hemos descendido a la simplicidad del pensamiento medieval y nos hemos enfrentado a las tres figuras básicas del espacio bidimensional: Triángulo Equilátero, Cuadrado o Plano Básico y Círculo. Los dos primeros susceptibles de quedar inscritos en el tercero y, por ello, partícipes los tres del centro que, en todos los casos, dominarían los conceptos simbólicos que representen para el hombre medieval.

El cuadrado representa lo sólido y le corresponde la dirección sur. Evoca la fuerza orgánica y la energía primaria que brota de la Tierra. Es el ideograma del ser humano transformado en microcosmos (valga de ejemplo el Canon de Vitruvio dibujado por Leonardo mediante un hombre con los brazos y las piernas abiertos que tocan los bordes de una Circunferencia que, a su vez, contiene un Cuadrado y un Triángulo Equilátero). El Cuadrado es el símbolo del territorio donde circulan las aguas terrestres y el lago cuando éstas se detienen o estancan. Por el cuadrado terrestre transitan energías físicas limitadas que, al orientarse, simbolizan el templo, la ciudad o la civilización. 

 

 

El cuadrado es el número plural mínimo y encarna el estado pluralista del ser humano, según Jung. Las divinidades nocturnas, sempiternas vigilantes del sueño y la noche, adoptan forma cuadrada y presiden la inatención, la ceguera, la disolución, lo imaginario, lo inconsciente y el sentimiento. Por ello, es obvio que el maestro medieval lo utilizara como modelo de una red con la que conformar esquemas y estructuras cargadas de simbolismo. Este modelo cuadrado es el que exponemos en la Figura 1, en la que podemos observar en el margen izquierdo de la misma la evolución del trazado, partiendo del Cuadrado simple, que sigue la progresión de Platón; en el margen derecho, el modelo de red, con algunas de las líneas internas más representativas, que establecerían centros, radios, direcciones y longitudes.

Resulta evidente que al dibujar sus cuatro líneas internas (las dos mediatrices y las dos diagonales, que actúan como ejes orientados hacia las cuatro direcciones del espacio plano y los cuatro rincones del mundo) el cuadrado se transforma en el emblema de la cruz de las ocho virtudes del templario; en donde, el punto común central es la confluencia de todas las direcciones y añade un valor al emblema, convirtiéndolo en signo: el número 9.

  

La red circular


El Círculo representa al aire y le corresponde la dirección del oeste, el ocaso. Es el cielo, Macrocosmos, Polo celeste alrededor del que gira el Universo. Es una abstracción del territorio de la Vía Láctea donde transitan los ríos celestes, las aguas superiores; el lugar de las constelaciones que sugieren figuras. El círculo terrestre se carga de energía psíquica y es el yin, el alma del mundo limitado y fuente de creación. Simboliza al día y el sol, la vigilia, la atención, la alerta, la acción, el consciente y la libido. La división del Círculo en doce partes iguales (que, como se sabe es la combinación de cuatro veces tres, o tres veces cuatro –como en este caso–, que sugiere la mónada evolucionada o Tétrada -el cuatro-, y la Tríada Sagrada -el tres-), donde se inscriben cuadrados que evolucionan girando sobre el centro (participando de él) y generando centros y radios de Círculos auxiliares.

 

 

Cuando se representa el centro, la curva del contorno se diluye y se inicia un proceso de concentración de fuerzas del círculo al centro, del exterior al interior, que simboliza el acto de introspección, el paso de la forma a la contemplación, de lo múltiple a lo uno; del espacio al no-espacio, del todo a la nada…

El círculo que circunscribe al cuadrado sugiere la idea del ser que ha alcanzado la unidad interior, el crisol de la perfección, el cambio; y se asocia a cultos del fuego y a divinidades agrarias. Un cuadrado coronado por arcos (es decir, un cuadrado inscrito en un círculo), representa al Cubo que se desarrolla como Cúpula, fusión de lo humano, material, y lo divino o espiritual.

Recuérdese que la Esfera primordial, el Huevo Cósmico, se proyecta sobre el plano como círculo. Cuando lo divide un diámetro (o un plano que contenga al centro de la esfera) se produce lo binario, las energías duales enfrentadas, el yin-yang que evoluciona generándolo todo.

  

La red triangular


El triángulo es una forma básica intermedia, fenomenológica; antiguo emblema egipcio de la divinidad y un símbolo pitagórico alusivo a la sabiduría (tetraktys, el número 10). Con el vértice hacia arriba le corresponden los valores de agua, de líquido y la dirección norte, al relacionarse el arriba con delante, fuera y la energía yang. Cuando sus vértices simbolizan los términos de un razonamiento lógico que se desea abstraer, el vértice superior representará la conclusión manifiesta aunque disuelta o relatada. Es el símbolo de las diosas que emergen del agua, el ave Fénix que se regenera por el fuego (elemento masculino), la serpiente que cambia de piel, o cualquier animal que viva en el agua o surja de ella. Con el vértice orientado hacia abajo es masculino; le corresponden los valores de Fuego, el plasma, la emanación, el nacimiento; puesto que abajo se relaciona con detrás, dentro y la energía yin.

 

 

 

En la Figura 3, el modelo de red fundamentado en el Triángulo Equilátero debe contemplar ambas posiciones significativas de la misma forma, a fin de expresar el universo simbólico que acabamos de explicar.

 

© Álvaro Rendón Gómez, 2013

 

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