Las corporaciones de canteros

Se cree que fue a partir del siglo XI cuando los signos lapidarios en Europa se sistematizaron y su empleo comenzó a regirse por Logias que imponían normas para su trazado. La primera, y principal, que el cantero debía concebir su marca partiendo de un Círculo, denominado primordial, a imitación del planteamiento que el maestro de obras aplicaba al edificio. La segunda, que alguna línea o parte de la marca contuviera al centro del Círculo. Y, tercera, que la ejecución respetara los principios de la Geometría Clásica, la que obligaba a emplear como únicos instrumentos la regla y compás. 

En la península ibérica, la primera agrupación gremial que puede considerarse corporativa data del siglo XII, y se constituyó en Barcelona, hacia el 1211. Sobre datos más antiguos, conocemos la existencia de organizaciones de carpinteros, herreros y albañiles acogidos al Fuero de Cuenca; y las ordenanzas de Oviedo, de 1247, formada por carpinteros y pedreros.

Desde sus comienzos estas corporaciones disfrutaron de privilegios y sus miembros podían viajar libremente por Europa, manteniendo entre ellos estrechos lazos fraternales y de hospitalidad. Usaban armas y emblemas a imitación de los caballeros, y asumían puestos representativos en las ceremonias oficiales. Existen numerosos grabados que muestran al maestro cantero y al maestro de obras –en ocasiones, una misma persona–, departiendo con el monarca o con las autoridades locales.

Es probable que esta facilidad para moverse libremente por los territorios sea la causa de que aparezcan muchas marcas en un solo edificio, identificando a los canteros que habían trabajado en temporadas anteriores. O, quizás las causas deban buscarse en los donantes de piedras que exigían reconocer sus donaciones y mostrarlas al público; o porque actuaban varios talleres de canteros en un mismo edificio; o, finalmente por ser una forma de transmitir saberes, empleando jergas gráficas que siempre se sospecharon poseían las marcas.

Entre los siglos XIII y XIV estas corporaciones nacionales tuvieron puntos comunes con los francmasones europeos que, lejos de ser condenados por la Iglesia de Roma, disfrutaron de bulas, además de permitírseles utilizar esa jerga, mencionado antes, y cuyos significados aún son secretos.

Al igual que el lenguaje propio de los canteros, tampoco ha trascendido la organización interna de estos gremios. Al menos, en su totalidad. Se sabe, por ejemplo, que existían tres grados: Aprendiz, compañero y maestro.

El siglo XVI significó un retroceso asociativo. Desde la Administración se le imponía trabas para el disfrute de sus antiguos privilegios además de eximírseles exámenes, restricciones, inspecciones y trabas, hasta que el cambio político con la llegada de Carlos V y Felipe II las suprimió como entidades técnicas, quedando relegadas a simples contraídas religiosas y hermandades de ayuda mutua.

 

Acceso a los grados de aprendizaje


 

El aprendiz o famuli (lapicida, scarpelator, cementarius, etc), era un cantero general, un ayudante que realizaba trabajos repetitivos y mecánicos que no precisaban de preparación especial (extraer piedra, labra y colocación de sillares, etc.) pagados por volumen de trabajo. Designados como pedreros, mazoneros, canteros o picapedreros. Con el empleo de la escarpia o cincel y el mallete o mazo eran los encargados de desbastar y pulimentar los bloques en bruto pasándoles la bujarda, hasta quedar asentados en hiladas de muros. La escarpia es pasiva, femenina; el mallete es activo, masculino y simboliza al creador que transmite su poder a través de la escarpia.

Unos se encargaban de extraer la piedra; otros de cortarlos en bloques más o menos parejos; los especialistas en desbastado le daban forma sobre la asnilla para dar paso a los ultimadores que alisaban los paños con la escoda y marcaban las caras más pulidas, que debían ser las vistas. Las marcas que podían emplear son las específicas de la faena que estaban realizando; de ahí que sean las más abundantes.

El aprendiz era como la “piedra bruta” o “materia prima” que debía tallarse y pulirse para que perdiera las impurezas, en una acción puramente simbólica que debía realizarse con las herramientas espirituales que representaban las herramientas del oficio: el mallete y la escarpia. Al final de cada faena, el proceso se repetía, convencidos de que la perfección estaba en la repetición y que cada hombre debía tallar su propia piedra. Estos sillares se marcaban con los signos propios que hacían referencia a las faenas más comunes, como alisar, pulir, etc. además de las referencias a la procedencia de la piedra. Estas marcas apenas quedan visibles porque se tallaban en el lecho y sobrelecho de los sillares. Las marcas presentes en las caras visibles fueron añadidas en el taller, a pie de obra, cuando el sillar exigía ajustes. Estas marcas generalmente son cruces, aspas, flechas, ángulos, etc. Por ejemplo, entre los siglos IX y XI, los bloques se trabajaban con las caras oblicuas; más tarde, perpendiculares. Una flecha con extremos singulares señalaba la cara, o caras, que iban oblicuas.

El oficial proponía la admisión del experto albañil al grado de aprendiz y sometía su decisión a un consejo de compañeros, presidido por el magister. Luego, se invitaba al aspirante a un ágape y se sometía a la ley del secreto y a respetar las normas del grupo.

Las ordenanzas de Torgau de 1462 establecen en sus artículos 25 a 27 que al aprendiz que ha concluido su periodo de aprendizaje de cinco años se le entregara un signo durante el ágape. Este signo era su "marca de honor" y podía utilizarlo con permiso de su oficial y en determinadas condiciones.

Compañero o maçon (tailliator petrae, caesor lapidum, etc), cantero especializado y con experiencia que realizaba trabajos repetitivos del tipo de talla de dovelas, molduras, columnas, capiteles, ventanales e impostas. Formaban parte del taller de cantería, a pie de obra. Si el colocador o asentador tenía problema con algún bloque, lo señalaba y lo devolvía al taller para que operaran los ajustes necesarios.

Para acceder al grado de compañero el aprendiz debía demostrar, además de habilidad en el oficio, las virtudes de discernimiento, ecuanimidad, equilibrio, coherencia y, sobre todo, mucha compasión. Había asimilado que el mazo o mallete es la voluntad bien dirigida y el cincel, el juicio correcto. Por eso, en este periodo, además de esas herramientas, recibía una palanca, para mover las piedras más grandes sin apenas esfuerzo; una regla, con la que medir y ajustar, además de indicar la rectitud del camino iniciado; una escuadra, con la que saber cuándo el bloque está conforme a las exigencias de proporción, volumen y medida; y un compás. Al acceder al grado de compañero, el aprendiz había asumido las características de “piedra cúbica”, su estabilidad y solidez, superiores a las de otros poliedros regulares; de ahí que dispusiera de una marca de identidad que empleaba bajo la supervisión del magister o cuando las circunstancias lo requerían: cuando se cobraba por hiladas o por bloques asentados; o cuando el grupo de canteros se despedía de la obra debido a las inclemencias del tiempo, la falta de recursos económicos o bien porque se les requería en otra obra.

Las marcas de identidad de los compañeros canteros únicamente aparecen en los sillares y raramente la estampaban en los contratos, junto con el magister; de ahí que muchas de estas marcas carezcan de significados para nosotros.

Magister (fabricae muri, operis, artifex practicus, scultor, etc), arquitecto, maestro de obra y escultor que realiza actividades individuales, creativas y únicas, que requieren formación, conocimiento y experiencia especiales sobre Geometría y sobre técnicas constructivas.

Para acceder a la categoría de magister, el aspirante tenía que realizar un examen. En una ceremonia solemne, el aspirante a maestro cantero, frente al Tribunal constituido por los Maestros canteros con más experiencia, sometía a la consideración de los presentes la marca con la que quería que lo identificasen. A veces era una variante de la que le entregaron cuando lo admitieron como aprendiz y la ceremonia una excusa para que el aspirante refrendara sus conocimientos geométricos deduciendo su trazado. En cualquiera de los casos, el Tribunal estaba ahí para oír las explicaciones del aspirante y que éste demostrase que había respetado las normas de la corporación que regía su marca.

La ceremonia de acceso a magister no ha trascendido, pero podemos imaginarnos que se realizaba en una sala en penumbras, en la que sólo quedaba iluminada la “mesa” de dibujo, consistente en una retorta lisa de yeso, dispuesta en un lugar destacado del suelo. El silencio se rompe con la voz del aspirante que lleva barba de un año y mira al tribunal con la humildad que requiere el acto. El aspirante solicita permiso y comienza a explicar que el origen de la Geometría es un punto, humilde y sencillo; apenas visible, pero representa el centro necesario donde se apoya todo conocimiento trascendente. Es un punto-germen de la Creación y lo compara al huevo primigenio, principio y fin de todo cuanto existe o pueda existir.

Después, como susurrando, hará referencia al rito primitivo de sacrificio humano, del posterior entierro en ese centro que ahora señala del paredro que sustituirá al cadáver humano: un gallo negro que contentará a las entidades subterráneas, cuyos dominicos violarán al comenzar las obras. Este ritual aseguraba que el templo no se derrumbaría [Ilustración 1.1].

 

 

Los miembros del tribunal se miran sonrientes y sugieren al aspirante que continúe. El aspirante señala un punto en el yeso horizontal preparado para tal efecto, hace una cruz y habla de la piedra cimera, de la pieza angular que regirá a toda la construcción, la más importante. Antes de tomar el compás, extrae un puñado de polvo blanco de arenisca y lo esparce sobre el punto, y entonces pronuncia las palabras mágicas:

        —Mandaré pulir dos piedras, la que todos creen que no es válida será la piedra angular del edificio que situaré en el noreste; la otra, la pulida, la ocultaré para reservarla. La marcaré según las reglas de la Hermandad y el visitante que sepa leer verá en la marca el signo de reconocimiento.

Abre despacio los brazos del rudimentario compás y posa el extremo de uno de ellos sobre el punto anterior y describe un arco de 360º. Mira a los ojos de cada uno de los miembros del tribunal y pronuncia muy pausadamente una primera confesión:

        —En el principio fue el Verbo Creador. Un punto apenas visible en el caos. Dios-Creador, tomándolo como principio, aisló el caos del orden trazando un enorme Círculo.

El aspirante a maestro cantero toma un largo listón recto de madera, lo mira de canto para comprobar su lisura y rectitud, y observa la dirección del sol que apenas entra por uno de los ojos de la enorme sala. Tomándolo como el sentido de su peculiar orientación, traza una línea perpendicular al Círculo: una línea que contemplase al centro. Antes de dejar a un lado el estilete y la madera tomada como regla, vuelve a abrir los brazos del compás y haciendo centro en uno de los extremos del segmento interior de la recta anterior traza un arco de radio el igual al diámetro del Círculo. Repite la operación con el otro extremo y comprueba que ambos arcos se cortaban a uno y otro lado. Entonces, con la misma calma con la que había trazado los bosquejos anteriores, dice:

        —El este y el oeste, opuestos; se armonizan con el norte y el sur. Cuatro direcciones, cuatro elementos básicos con los que la Naturaleza construye y fija. Dos líneas que se mencionen en constante disputa, dividiendo el universo en cuatro partes idénticas. Si consideramos el espacio total compuesto por 360º, cada una de las cuatro partes será de 90º, lo que en el oficio denominamos el orto, que medimos mediante la escuadra.

        — ¿Para qué es importante conocer el norte? –pregunta resuelto–. En el norte está la el útero de la Tierra, la entrada al inframundo. Despertemos las fuerzas de Nuestra Señora de Bajo Tierra para que nos ayude a levantar los bloques. Ella nos indicará el camino de salida del laberinto y el norte será el lugar donde asentaremos el trono de sabiduría de la Virgen Negra, desde el que derramará su leche, el agua mercurial, imprescindible para el Arte.

Toma de nuevo el compás y, utilizando una abertura iguala la distancia entre los puntos extremos de las dos líneas anteriores, comienza a trazar arcos idénticos entre sí.

        —Esta operación dividirá de nuevo los cuadrantes en partes iguales; de manera que ahora disponemos de ocho octantes con los que trazar nuevas líneas que contienen al centro. Si lo unimos entre sí, describiremos la figura de dos Cuadrados, que representa al elemento Tierra, girados entre sí conformando una estrella de ocho puntas [ilustración 1.2].

 

 

Para no aburrir más de la cuenta, termina trazando cuadrados girados, cuyos vértices se hallan en los puntos medios de los lados del Cuadrado precedente, hasta conformar una compleja retícula que despierta algunos comentarios entre los venerables maestros.

       
—La marca de honor que me identificará, con la ayuda de Dios, Creador de todas las cosas, de nuestros patronos San Juan de verano y San Juan de invierno, de nuestro siempre protector, el dios Jano que nos enseñó el oficio de dominar la piedra, de los ángeles, arcángeles y santos que habitan el Paraíso, será la que explicaré más adelante.

Con el trazado de la red básica, el aspirante acaba por demostrar que conoce los fundamentos de la Geometría, imprescindible para cualquier cantero. Con ella, será capaz de trazar un nuevo Círculo de radio indiferente, dividirlo, y mostrar que son semejantes la mediatriz y la bisectriz; pero que no deberían confundirse en un mismo trazado por sus argumentos son diferentes y sus consecuencias distintas. También puede desentrañar la progresión de Platón, que muestra el camino para construir cuadrados inscritos en un Círculo y entre ellos mismos, y hablar de la diagonal de los mismos que son mediatrices de los inscritos y exinscritos.  Y de cómo esta ley interna, la de las diagonales, es el fundamento de las dimensiones irracionales, el secreto más preciado del “maestro”, refriéndose al gran Pitágoras.

        —Este mismo principio rige la red de seis… –insiste el aspirante. Después, toma el listón de madera y alisa la superficie de dibujo. Repite el trazado del Círculo primordial, lo divide en dos y en cuatro partes, y se se detiene–. A partir de aquí dividiré el Círculo en constelaciones. Esta será la divina fuerza que soportará el signo que propongo a la consideración de este Alto Tribunal.

A partir del Círculo primordial orientado –es decir, hallados los ocho puntos cardinales–, el geómetra medieval podía desarrollarlo mediante sucesivas divisiones en cuatro partes, involucionando los Cuadrados, derecho y girado 45º, hasta conformar una red que disminuye su superficie; o mediante sucesivas divisiones en tres partes, recurriendo al Triángulo Equilátero hasta obtener una red triangular formada por Triángulos Equiláteros que involucionaban tomando sus pies de medianas como vértices del Triángulo Equilátero interior; y así sucesivamente. Hasta doce Triángulos pudo trazar. Iba a continuar, cuando el que presidía el Tribunal lo detuvo.

        —Disminuyen su tamaño y se orientan según Hexágonos regulares estrellados–, tomando los puntos de intersección de los lados, [ilustración 1.3]. 

 


El Tribunal no se deja intimidar por las explicaciones del aspirante, a pesar de aparentar ser más complicadas que el trazado de la red. Se trata de un Rectángulo irracional. De modo que, tomando el minúsculo Cuadrado interior, lleva la diagonal del mismo sobre la prolongación del lado de la base. Esta medida la traslada al vértice superior construyendo un trapecio Rectángulo con el lado de la base en razón de raíz cuadrada de dos [ilustración 1.4].

 


Así, en el primer dibujo de la [ilustración 1.5] se toma como centro el punto medio (pie de la mediatriz) del segundo cuadrado derecho y con radio la diagonal del semicuadrado, que tiene una longitud de √3, se transporta sobre la prolongación del mismo lado. Esto concreta, si se desea trazar un Rectángulo irracional, conocido como √3, porque tienen por lados la unidad y (1 + √3).

 

 

En el segundo dibujo se parte del primer cuadrado derecho. El arco de centro cualquiera de sus vértices laterales y como radio la longitud de su diagonal, que tiene un valor de √2, se corta a la prolongación del lado de la base en un punto que concreta el vértice de un Rectángulo irracional denominado √2 porque tienen por lado menor la unidad y lado mayor √2. Se puede tomar cualquiera de los vértices obtenidos para completar la marca, como debió ocurrir en la que se halla en un sillar de Santa María la Mayor de Montblanc, Tarragona [Signo: 16777, ficha 1236], [ilustración 1.6]; donde también descubrimos un hipotético trazado de la misma [Montblanc (H)-16777], el trazado de la marca [Signo: 16640, ficha 1234] o la hallada en la Catedral de Tortosa [Signo: 16312, ficha 1691].

Excepto la primera marca, todas las demás serían interpretaciones hipotéticas de un concepto proporcional porque, lo realmente cierto (al menos se cumple en los análisis efectuados a más de mil marcas) es que las marcas han de respetar la norma de contener al centro y, con excepción de la que se muestra en la ficha 1234 de Signo [2].

El escalado y proporcionado por trazado, a soga o a compás, era más fiable que el realizado con regla y medida. Con la primera, basta colocar una cuerda tirante, impregnada de añil o carbón, y golpearla contra el yeso seco para quedar trazada una línea recta de longitud indiferente. Ante la dificultad de emplear una medida, porque la primera admitía radios de gran longitud, mientras que el compás quedaba limitado por la longitud de sus brazo que, a partir de cuna apertura de teniéndose en cuenta que en el medioevo español cada reino utilizaba una vara de medir distinta. Desde la vara de Burgos equivalía a 835,5 mm al pie de Teruel, de unos 256 mm, se disponía del pié capitolino de unos 295,7 mm e incluso el pie inglés, de 304,8 mm. Fue la pragmática de Felipe II de 24 de junio de 1568, la que homogeneizó las medidas, debiéndose usar «en todos estos reynos, sea la que hay, y tiene, la ciudad de Burgos» [3]; es decir, el pié castellano del que se deriva la vara de Burgos que hemos citado antes.

El aspirante demostró tener los conocimientos y habilidades geométricas necesarias. Después, el maestro que le enseñó cuanto sabe, hará una defensa verbal frente al mismo Tribunal. En ella destacará los conocimientos y habilidades en del aspirante sobre problemas de ingeniería (es decir, el ingenio que emplea en la resolución de problemas cotidianos, su disposición a aplicar soluciones nuevas a viejas cuestiones de mecánica constructiva y la reflexiva creatividad que posee), carpintería (necesarios para construir y organizar puntales, cimbras y andamios) e incluso de legislación (que le daba potestad para redactar contratos y acuerdos escritos), que él mismo transmitió al aspirante durante los más de cuatro años que trabajó para él, completarán la evaluación del candidato.

 

La gran pregunta


 

Hemos narrado cómo el aspirante a Maestro cantero debía responder al Tribunal de viejos maestros sobre el origen del trazado de la marca de honor, la que empleará a lo largo de su vida laboral y que podía transmitir a su descendencia aplicándole blasurías [4].

Esta gran pregunta refuerza nuestra teoría de que la marca se trazara según un proceso geométrico y no seleccionando líneas de una trama geométrica denominada por Rziha retícula geométrica. Después, se ejecutaba de memoria, con más o menos aproximación a la forma, respetando las proporciones surgidas de la construcción original, y cumpliendo las reglas exigidas para su diseño.

El análisis aplicado a estas marcas grabadas en piedras se ha realizado sobre fotografías tiradas con un punto de vista bajo,  por lo que los registros fotográficos se hacen desde el suelo y la imagen sufre las deformaciones propias del escorzo. Este pequeño detalle hace muy complicado el análisis geométrico de las mismas, y en la mayoría de los casos, se confunden marcas con formas diferentes pero que responden a una misma estructura geométrica interna.

Véase las marcas registradas en la Catedral de Tortosa, [ilustración 1.6]. Todas parecen diferentes, e incluso en la página de SIGNO [http://www.signoslapidarios.org/inicio], se han analizado individualmente para comprobarlo.

 

 

Si se analizan morfológicamente descubriremos que:

1. Repiten elementos: Una cruz griega dispuesta como crismón simple y una cruz latina que utiliza el lado vertical del anterior.

2. Las longitudes de la vertical y la horizontal no son iguales en una y otra marca; es decir, el cantero no ha creído conveniente medirlas para que se reconozca como su marca identificativa. No son aspectos formales imprescindibles para que el espectador las adjudique a un determinado cantero.

3. El ángulo de la cruz griega es variable de una a otra marca. Es cierto que la variación es casi inapreciable, oscila entre un ángulo cercano al normal (90º) en la primera fotografía, a un ángulo cercano a los 120º en la segunda.

Tampoco parece que la amplitud del ángulo sea imprescindible para el reconocimiento diferenciado de la marca. Entonces, ¿dónde está el aspecto diferencial, aquello que distingue una marca de otras parecidas? Podríamos aventurar que dos: los elementos que intervienen y la disposición de los mismos.

Otra cuestión que nos interesa despejar es la elección del método de análisis de las marcas. Si queremos ser congruentes con este descubrimiento debemos adoptar este tipo de análisis, degenerativo-constructivo, que respete las tres normas básicas de la Hermandad: que parta de un Círculo, que contenga a su centro y que se utilice Geometría medieval. Además, cualquiera que se elija debe basarse en las leyes formativas de los elementos que intervienen en la marca y en la disposición de sus elementos; tratando de elegir el procedimiento más simple y sencillo de llegar a los mismos.

© Álvaro Rendón Gómez



 

[1] Alvarado Planas, Javier. “Heráldica, simbolismo y usos tradicionales de las corporaciones de oficio: Las marcas de canteros”, Ed. HIdalguía, Madrid, 2009

[2] [http://www.signoslapidarios.org/inicio/fichas/editar-imagenes-fichas/editar-imagen/cc_edit_data/16777]

[3] Merino de Cáceres, J.M. “Metrología y simetría en las catedrales de Castilla y León”

[4] Que trataremos en la tercera parte de este articulo

 

 

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