Los gremios de constructores medievales: los magos de la piedra

Durante los siglos XI y XII el continente europeo experimentó un notable crecimiento demográfico que conllevó el desarrollo del sector agrícola. Se ampliaron las zonas de cultivo, que hasta entonces eran solo las tres cuartas partes del continente, y se introdujeron nuevos métodos de roturación. Esto produjo un excedente de productos y de mano de obra en los feudos señoriales. Comenzó así una nueva etapa de relaciones entre el campo y la ciudad que permitieron el paso de una economía autárquica y rural a una economía de mercado urbana que daría paso inmediatamente a un comercio internacional como no se había visto en Occidente desde hacía cientos de años. Este auge económico trajo consigo el nacimiento de las grandes ciudades, donde apareció una nueva clase social, la burguesía, formada por comerciantes y artesanos que se organizaron en asociaciones para proteger sus intereses. Estas asociaciones recibieron el nombre de gremios, palabra que proviene del latín con el significado de “seno”, “regazo” o “protección”. El denominador común de todas estas asociaciones profesionales es que tenían como principal objetivo la protección de sus miembros y los intereses de grupo. También recibieron el nombre de guildas, un vocablo derivado de la antigua voz germánica gelt (pago), con la que se indicaba la cantidad que debían entregar los miembros que entraban a forma parte de una de estas asociaciones.

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Geometría Medieval

Por motivos prácticos, la Geometría Clásica, heredada de los agrimensores egipcios que la aprendieron a su vez de los antiguos sumerios, emplea únicamente la regla y el compás. Una regla lisa, sin marcas de medida, con un sólo canto y un compás que traza arcos de circunferencia entre puntos previamente hallados, pero no transporta medidas. Los problemas constructivos que el geómetra debía solucionar con esta Geometría eran muy variados. Desde unir dos puntos por medio de un segmento y hallar un punto equidistante de ambos, contenido o exterior a los mismos; lo que, en consecuencia, implicaba el conocimiento de las propiedades de la Mediatriz, que podía transformarse en Bisectriz cuando se trataba de hallar puntos equidistantes de dos rectas concurrentes (ángulo). Ambos conceptos se podían ampliar, además, a la división y trisección del ángulo recto, y el trazar rectas perpendiculares o paralelas entre sí. Thales de Mileto descubrió un teorema que permitía la división proporcional de segmentos; pero tuvo que esperarse a la llegada de la Geometría axiomática de Euclides para que esos incipientes procedimientos dieran sus frutos.

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Las corporaciones de canteros

Se cree que fue a partir del siglo XI cuando los signos lapidarios en Europa se sistematizaron y su empleo comenzó a regirse por Logias que imponían normas para su trazado. La primera, y principal, que el cantero debía concebir su marca partiendo de un Círculo, denominado primordial, a imitación del planteamiento que el maestro de obras aplicaba al edificio. La segunda, que alguna línea o parte de la marca contuviera al centro del Círculo. Y, tercera, que la ejecución respetara los principios de la Geometría Clásica, la que obligaba a emplear como únicos instrumentos la regla y compás. En la península ibérica, la primera agrupación gremial que puede considerarse corporativa data del siglo XII, y se constituyó en Barcelona, hacia el 1211. Sobre datos más antiguos, conocemos la existencia de organizaciones de carpinteros, herreros y albañiles acogidos al Fuero de Cuenca; y las ordenanzas de Oviedo, de 1247, formada por carpinteros y pedreros. Desde sus comienzos estas corporaciones disfrutaron de privilegios y sus miembros podían viajar libremente por Europa, manteniendo entre ellos estrechos lazos fraternales y de hospitalidad. Usaban armas y emblemas a imitación de los caballeros, y asumían puestos representativos en las ceremonias oficiales. Existen numerosos grabados que muestran al maestro cantero y al maestro de obras –en ocasiones, una misma persona–, departiendo con el monarca o con las autoridades locales.

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Pensamiento medieval

Convencidos de que Dios se revela en toda su plenitud dentro de la fraternidad que trabaja para su gloria, la comunidad operativa revelaba a sus nuevos miembros su razón de ser. En ella se aprende el oficio de hombre y, como afirmaban los antiguos estatutos del cantero, «quien quiera convertirse en maestro debe conocer el oficio». La fraternidad los guía por el camino de un conocimiento tan esbelto como un arbotante, tan poderoso como una torre, tan sereno como un ábside… En ella, el Aprendiz se inicia en el misterio, comulga con los símbolos y aprende los secretos del oficio mediante una serie de rituales prácticos, derivados del trabajo operativo primitivo. Para la concepción medieval del mundo, la visión limitada del trabajo a pie de obra era suficiente para el cantero. Bastaba recorrer con la vista las imágenes alegóricas representadas en el plano de la fachada, organizadas en celdillas y dispuestas según una secuencia de lectura, para relacionar ese orden anecdótico con la geometría significativa que hallaría en el interior. La construcción del templo, convertido en crisol, se convierte en soporte del conocimiento que se transmitía por el trabajo, era una escuela de misterio donde se compartía algo más que recetas prácticas y consejos gremiales. Cada fenómeno ocupaba un lugar y una escala moral. El edificio, así, actualizaba principios que existían en el subconsciente colectivo, rescatados y aflorados por los símbolos que el cantero maneja con el conocimiento íntimo de su ser, a donde traslada las conclusiones trascendentes que descubría en la piedra.

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El oficio de cantero

Una marca de cantero es un grabado confeccionado sobre un sillar con la intención de expresar algo que aún desconocemos en profundidad. El grabado aparece generalmente en la cara descubierta del sillar, exterior o interior al recinto, y es propio de una determinada época (durante el Románico, Pregótico, Gótico y Protogótico). Son la seña de identidad de hermandades, fraternidades o gremios de canteros imbuidos en las ideas cirtercienses que toman al mítico Templo de Jerusalén como referente metrológico y proporcional. Recuérdese que las medidas del templo construido por Salomón fueron transmitidas por Yaveh al rey David (I Reyes 6: 2). Nos interesa descubrir los significados formales, simbólicos y místicos de este lenguaje grabado sobre la piedra porque intuimos que encierra una sabiduría medieval, heredada de un Saber Antiguo y esotérico, y porque estos gremios sirvieron de guía a las posteriores fraternidades masónicas (de masón, obrero). Estoy convencido de que parte de esa Sabiduría Primitiva se halla expuesta y desarrollada en las marcas de canteros; diferente a la que facilitarán los signos epigráficos y capitulares nos darán una información histórica referida al recinto (autor, fechas, etc.), a la época, al lugar, etc. Por tanto, antes de analizar la marca en sí deberíamos familiarizarnos con ella y, al ser un gesto gráfico confeccionado por el cantero, habituarnos a las herramientas y acciones serán básicas.

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