Pensamiento medieval

Convencidos de que Dios se revela en toda su plenitud dentro de la fraternidad que trabaja para su gloria, la comunidad operativa revelaba a sus nuevos miembros su razón de ser. En ella se aprende el oficio de hombre y, como afirmaban los antiguos estatutos del cantero, «quien quiera convertirse en maestro debe conocer el oficio».

La fraternidad los guía por el camino de un conocimiento tan esbelto como un arbotante, tan poderoso como una torre, tan sereno como un ábside… En ella, el Aprendiz se inicia en el misterio, comulga con los símbolos y aprende los secretos del oficio mediante una serie de rituales prácticos, derivados del trabajo operativo primitivo. Para la concepción medieval del mundo, la visión limitada del trabajo a pie de obra era suficiente para el cantero. Bastaba recorrer con la vista las imágenes alegóricas representadas en el plano de la fachada, organizadas en celdillas y dispuestas según una secuencia de lectura, para relacionar ese orden anecdótico con la geometría significativa que hallaría en el interior.

La construcción del templo, convertido en crisol, se convierte en soporte del conocimiento que se transmitía por el trabajo, era una escuela de misterio donde se compartía algo más que recetas prácticas y consejos gremiales. Cada fenómeno ocupaba un lugar y una escala moral. El edificio, así, actualizaba principios que existían en el subconsciente colectivo, rescatados y aflorados por los símbolos que el cantero maneja con el conocimiento íntimo de su ser, a donde traslada las conclusiones trascendentes que descubría en la piedra.

Leer más: Pensamiento medieval

Signos lapidarios y arquitectura

Sabemos que los canteros tallaban en los sillares marcas que servían para identificar su trabajo. Aunque existen multitud de teorías sobre el significado de estos signos labrados en la piedra de los templos medievales, parece evidente que, con independencia de las posibles interpretaciones simbólicas, se trata de un lenguaje de orden geométrico cuya lectura puede aportar información sobre los principios de la Geometria Fabrorum que, al fin y al cabo, era la auténtica fuente de conocimientos de aquellos maestros de la escuadra y el compás.

Si la ordenación tipológica y la ubicación de las marcas de cantería pueden ayudar a determinar la cronología de las diferentes fases constructivas de un edificio, también su estudio se puede abordar como si fuese un código revelado en función de los métodos empleados para realizar la proyección del trazado regulador. 

En su libro El misterio de Compostela (1923), Louis Charpentier escribe:

«… Los historiadores nos han extraviado, nos han obligado casi a aceptar, no la verdad, sino sus verdades, lo cual es muy distinto... Y ello generalmente debido a que ellos mismos parten de una idea preconcebida, condicionados como están por sus predecesores o por la autoridad atribuida a ciertos nombres que no se atreven a poner en duda.Pero lo peor radica en la destrucción de los documentos, como cuando Atanasio u Omar queman los libros de Alejandría, San Martín o Carlomagno destruyen los dólmenes, la Inquisición se entrega a los autos de fe y los protestantes o los revolucionarios destruyen las iglesias... Entonces desaparecen retazos de historia, y el investigador avanza a tientas en la oscuridad y corre el peligro de equivocarse, por mucha conciencia que ponga en su tarea. Uno se encuentra con un rompecabezas al que le faltan numerosas piezas. En consecuencia, subsiste la duda sobre el lugar que corresponde a las que ha podido reunir... Al igual que el epigrafista, uno intenta tapar los agujeros del modo más lógico posible... y dicho posible nunca es seguro. Modestamente, uno se ve obligado a tomar partido.»

Leer más: Signos lapidarios y arquitectura
Inicio

Hay 138 invitados y un miembro en línea