Signos lapidarios y arquitectura

Sabemos que los canteros tallaban en los sillares marcas que servían para identificar su trabajo. Aunque existen multitud de teorías sobre el significado de estos signos labrados en la piedra de los templos medievales, parece evidente que, con independencia de las posibles interpretaciones simbólicas, se trata de un lenguaje de orden geométrico cuya lectura puede aportar información sobre los principios de la Geometria Fabrorum que, al fin y al cabo, era la auténtica fuente de conocimientos de aquellos maestros de la escuadra y el compás.

Si la ordenación tipológica y la ubicación de las marcas de cantería pueden ayudar a determinar la cronología de las diferentes fases constructivas de un edificio, también su estudio se puede abordar como si fuese un código revelado en función de los métodos empleados para realizar la proyección del trazado regulador. 

En su libro El misterio de Compostela (1923), Louis Charpentier escribe:

«Los historiadores nos han extraviado, nos han obligado casi a aceptar, no la verdad, sino sus verdades, lo cual es muy distinto... Y ello generalmente debido a que ellos mismos parten de una idea preconcebida, condicionados como están por sus predecesores o por la autoridad atribuida a ciertos nombres que no se atreven a poner en duda.Pero lo peor radica en la destrucción de los documentos, como cuando Atanasio u Omar queman los libros de Alejandría, San Martín o Carlomagno destruyen los dólmenes, la Inquisición se entrega a los autos de fe y los protestantes o los revolucionarios destruyen las iglesias... Entonces desaparecen retazos de historia, y el investigador avanza a tientas en la oscuridad y corre el peligro de equivocarse, por mucha conciencia que ponga en su tarea. Uno se encuentra con un rompecabezas al que le faltan numerosas piezas. En consecuencia, subsiste la duda sobre el lugar que corresponde a las que ha podido reunir... Al igual que el epigrafista, uno intenta tapar los agujeros del modo más lógico posible... y dicho posible nunca es seguro. Modestamente, uno se ve obligado a tomar partido.»

Sabemos que los canteros tallaban en los sillares marcas que servían para identificar su trabajo. Aunque existen multitud de teorías sobre el significado de estos signos labrados en la piedra de los templos medievales, parece evidente que, con independencia de las posibles interpretaciones simbólicas, se trata de un lenguaje de orden geométrico cuya lectura puede aportar información sobre los principios de la Geometria Fabrorum que, al fin y al cabo, era la auténtica fuente de conocimientos de aquellos maestros de la escuadra y el compás.

Si la ordenación tipológica y la ubicación de las marcas de cantería pueden ayudar a determinar la cronología de las diferentes fases constructivas de un edificio, también su estudio se puede abordar como si fuese un código revelado en función de los métodos empleados para realizar la proyección del trazado regulador. 

En su libro El misterio de Compostela (1923), Louis Charpentier escribe:

Los historiadores nos han extraviado, nos han obligado casi a aceptar, no la verdad, sino sus verdades, lo cual es muy distinto... Y ello generalmente debido a que ellos mismos parten de una idea preconcebida, condicionados como están por sus predecesores o por la autoridad atribuida a ciertos nombres que no se atreven a poner en duda.Pero lo peor radica en la destrucción de los documentos, como cuando Atanasio u Omar queman los libros de Alejandría, San Martín o Carlomagno destruyen los dólmenes, la Inquisición se entrega a los autos de fe y los protestantes o los revolucionarios destruyen las iglesias... Entonces desaparecen retazos de historia, y el investigador avanza a tientas en la oscuridad y corre el peligro de equivocarse, por mucha conciencia que ponga en su tarea. Uno se encuentra con un rompecabezas al que le faltan numerosas piezas. En consecuencia, subsiste la duda sobre el lugar que corresponde a las que ha podido reunir... Al igual que el epigrafista, uno intenta tapar los agujeros del modo más lógico posible... y dicho posible nunca es seguro. Modestamente, uno se ve obligado a tomar partido.

Resulta muy difícil reconstruir el pasado contando tan sólo con algunos retazos, como bien dice Louis Charpentier. Pero ahí está el reto. En cierta manera estamos en deuda con nuestros antepasados. Tratar de recuperar el sentido de sus mensajes en el tiempo es la fuente de la eterna juventud. El arte en general, y la arquitectura en particular, son el mejor testimonio de nuestra propia historia y de la evolución del ser humano. 

El estudio de las marcas de cantero relacionadas con las trazas de los edificios aún es una hipótesis de trabajo [1]. hemos empleado el método científico para contar, medir y, en definitiva, describir formalmente el objeto en cuestión, en este caso, signos labrados en las piedras de los muros de los edificios medievales. Queda aún mucho camino por recorrer, pero si algo se desprende de este trabajo es que ciertos signos lapidarios son auténticos teoremas geométricos, y lo sabemos porque de sus formas se desprenden razones notables relacionadas con las raíces cuadradas de dos, tres y cuatro; el Número de Oro y la serie del Número de Pell. Razones todas ellas que forman parte de la historia de la arquitectura Quizás tras algunos de estos signos se encuentren las operaciones geométricas subyacentes que fueron empleadas para la construcción y dimensionado de ciertos edificios.
 
Para el maestro arquitecto que ha construir un edificio son fundamentales los módulos que organizan los espacios y confieren el ritmo y la armonía tanto al conjunto como a las partes que lo forman (columnas, capiteles, altares, pórticos, etc.); más en el caso de aquellos recintos destinados al culto, en donde cada detalle cuenta y todo tiene su razón de ser, puesto que fueron concebidos como auténticas representaciones del cosmos en la tierra, y para ello qué mejor manera de hacerlo que aplicando las leyes de la geometría, las matemáticas, la astronomía y la música.

Sobre esta base dictada por la perfección del número se pueden incorporar después muchos otros significados, aunque para el maestro arquitecto, cuyo objetivo es levantar un edificio estable, firme y a ser posible armónico en sus partes, es ya algo secundario. De ser así, las marcas de planimetría contendrían una valiosa información arqueológica sobre los procesos que intervinieron en la construcción de un edificio. Y nuestro objetivo es demostrarlo con rigurosidad; y si nos equivocamos, al menos por el camino habremos aprendido un poco más sobre los métodos y las técnicas de aquellos maestros de la piedra, la escuadra y el compás.
 
Los diferentes gremios de constructores, cada taller y cada artesano tenían sellos que identificaban su trabajo. Los iniciados en el arte de la construcción de otras cofradías reconocían a sus hermanos porque eran capaces de reconocer esos signos: conocían su ubicación en la red, tenían acceso a las propiedades matemáticas y geométricas que de ellas se derivan. Todo un símbolo de poder, del auténtico.
 
Estos signos lapidarios, a los que podríamos denominar “geométricos”, en tanto encierran proporciones notables que se desprenden de secuencias concretas basadas en las familias de proporciones derivadas de las raíces cuadradas de dos, tres y cinco; responden a una misma actitud: son acertijos geométricos labrados en la piedra. De segmentos que a primera vista no tienen ningún sentido (dispares) resultan proporciones notables, de arcos que parecen trazados al albur otros tantos movimientos muy estudiados, tras pentagramas irregulares aparecen vesicas piscis ocultas, de cruces de brazos desiguales surgen relaciones esenciales entre las figuras del círculo, el cuadrado y el triángulo, en definitiva, ante la aparente irregularidad un mundo de relaciones perfectamente acotadas. No se trata de impericia de quien labró tales marcas, sino todo lo contrario; curiosamente siempre lo que falta es la pista que ha de conducirnos al verdadero significado de sus formas.
 
© Rafael Fuster Ruiz, 2013
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