Las marcas de cantería en el contexto de la arquitecura medieval - Las marcas de cantería: diferentes aspectos de un mismo lenguaje

 

Las marcas de cantería: diferentes aspectos de un mismo lenguaje


Las marcas de cantero son figuras más o menos complicadas, grabadas a cincel o buril en los sillares de las iglesias, ermitas y catedrales medievales. En muchas ocasiones, sus formas recuerdan a los signos y las grafías empleados por caldeos, egipcios, persas, griegos y romanos. En la península Ibérica aparecen por primera vez vinculadas a una construcción en las murallas de la ciudad de Tarragona, que datan de época romana; aunque fue a principios del siglo x cuando reaparecen asociados a una construcción. Su mayor difusión se produjo entre los siglos XI y XIV, coincidiendo con el desarrollo de los estilos arquitectónicos del románico y el gótico.

Hay numerosas teorías sobre el origen y la finalidad de estas marcas. En su conjunto «pretenden deducir su significado por su forma, sus analogías y diferencias, por el vigor de sus trazos, por su colocación, por la abundancia o escasez en cada monumento, la historia de éste y la de los hombres que lo edificaron». Algunas de ellas apuntan en la dirección de que serían el alfabeto de un lenguaje mágico, cuyos orígenes se remontan a la magia caldea, y que eran empleadas para conjurar las potencias malignas presentes en la naturaleza y atraer al mismo tiempo la buena suerte. Desde este punto de vista, algunos lapidarios, como las estrellas de cinco puntas, las esvásticas y los desarrollos esquemáticos a modo de laberintos y alquerques serían la herencia remota de una sabiduría ancestral y arquetípica. Estos símbolos, que han estado presentes en la historia de la humanidad desde hace miles de años, actuarían a modo de talismanes protectores del espacio sagrado delimitado por el templo.

Otros investigadores se han fijado en la semblanza de ciertas marcas de cantero con los gilptogramas prehistóricos y los alfabetos antiguos, como los caracteres rúnicos, por lo que deducen que se trataría de un código cuyas claves no habrían trascendido más allá del ámbito cerrado de los gremios de constructores, un lenguaje secreto cuyo origen se remontaría a la época de la construcción del Templo de Salomón. Según la tradición de la francmasonería, el maestro arquitecto Hiram Abiff ideó un sistema, basado en un conjunto de signos que el mismo creó, para que los obreros que participaban en la construcción del Templo se entendieran entre ellos con independencia de la lengua que hablasen. Desde entonces, las diferentes corporaciones de constructores habrían preservado aquel protolenguaje, convirtiéndose con el tiempo en un sistema que habría serviodo para codificar los secretos del oficio. Como era de esperar, fueron muchas las variantes que se habrían ido introduciendo, incorporando al acervo de este «lenguaje geométrico» los avances de cada época, en especial, aquellos referidos a la geometría, pero también a las matemáticas y la astronomía que eran las disciplinas de las que se servía la arquitectura.

La teoría más aceptada ha sido durante mucho tiempo la propuesta en el siglo XIX por M. Didron y Viollet Le Duc, según la cual las marcas de cantero son las firmas que los artesanos tallaban en las piezas que eran fruto de su trabajo para cobrar el salario correspondiente; signos personales referentes a su nombre, creencias, devociones, estatus social, profesión y gremio. Esto podría ser cierto en la mayoría de las ocasiones, pero no explica otros tantos casos y cómo es que hay sillares en los que no se observa marca alguna y otros, por el contrario, presentan dos o más de ellas; ni tampoco por qué motivo algunos sólo aparecen una o dos veces a lo sumo. Tampoco explicaría la causa de que haya edificios repletos de ellos y otros donde en cambio apenas se observan o simplemente no los hay.

En nuestro país, el arquitecto Vicente Lampérez y Romea, pionero en el estudio de los signos lapidarios, apunta que se observan diferencias entre los que se encuentran en las construcciones militares y los presentes en los edificios dedicados al culto, donde abundan las cruces y otras forma geométricas de elaborada factura, a diferencia de los «trazos brutales y de formas caprichosas de los primeros» [9]. Esto de por sí es indicativo. Se deduce que habrían edificios, normalmente religiosos, donde los signos lapidarios adquieren una mayor relevancia y son empleados como auténticos signos transmisores de ideas. Algo comprensible si tenemos en cuenta que los recintos sagrados eran concebidos como réplicas a escala humana del cosmos. En este sentido, además de las marcas de cantero más comunes podemos encontrar otras, mucho más elaboradas, que son las que suelen contener claves relativas a ciertos aspectos de la configuración y la articulación del recinto sagrado, una información que puede resultar de gran ayuda a la hora de abordar el estudio de las técnicas y los métodos de trabajo de los constructores medievales.

En consonancia con la teoría anterior, y según la clasificación propuesta por Jean-Louis Van Belle [10], habría dos grandes grupos de marcas de cantero según su origen y autoría. Por un lado, los lapidarios elaborados por los constructores y artesanos que participaron en la construcción del edificio, y por otro los grafitis realizados por personas que estaban de paso o por grupos de corte esotérico que en algún momento los escogieron como lugares de reunión. A su vez, entre los lapidarios tallados por los albañiles distingue entre marcas de identidad, signos individuales relativos a los canteros, y los sellos corporativos propios de los diferentes gremios y talleres. Otro grupo sería el formado por las marcas a las que denomina «utilitarias», signos que habrían servido para facilitar la colocación y el asiento de los sillares, las dovelas y el resto de piezas que son necesarias para articular y levantar el edificio [11].

 

Figura 5. Clasificación propuesta por Jean-Louis Van Belle de los signos lapidarios en función de su autoría y función.

 

Durante los últimos años, una serie de investigadores se han centrado en el aspecto más técnico mostrando cómo los signos denominados «utilitarios» servían para organizar el trabajo a pie de obra [12]. Así pues, a las marcas de cantero que habrían servido para identificar el trabajo de cada obrero, sobre todo en las obras de mayor magnitud donde se trabajaba a destajo y se hacía necesario contabilizar las piezas, habría que añadir las que servían para indicar la posición que ocupaban los bloques de piedra en la cantera, lo que permitía colocarlos de forma que trabajaran a compresión por su postura natural; las que indicaban el lugar que debía ocupar cada pieza en el edificio y las que ayudaban al maestro de obras a realizar el ensamblaje y el asiento respectivo de los sillares y otros elementos arquitectónicos, como las dovelas de los arcos, garantizando un ajuste simétrico de elementos que no lo son. En este sentido, estas marcas de cantero serían como la nomenclatura que garantizaba el correcto montaje de los elementos que previamente habían sido diseñados sobre un plano, algo que solía ensayarse en primera instancia mediante la construcción de una maqueta que podía ser de madera o bien de barro [13].

 

Figura 6. Tabla propuesta por Jean-Louis Van Belle para las marcas de cantería denominadas «utilitarias», es decir, aquellas relacionados con los aspectos más técnicos de la construcción de un edificio.

 

De cualquier modo, ante la enorme difusión que tuvieron las marcas de cantero durante la Edad Media es evidente que no se trata de una cuestión menor, sino más bien el indicio de la importancia del papel que jugaban en la construcción de un edificio, desde su aspecto funcional y también simbólico, más si se trata de la construcción de un edificio religioso destinado al culto.

Por otro lado, es evidente que no es posible englobarlas todas dentro de una sola categoría y que el significado del mensaje que contienen no es unívoco ni homogéneo y dependerá de diversos factores que hay que tener en cuenta antes de plantear cualquier análisis. Por esta razón no es recomendable desechar ninguna de las teorías anteriores, pues deberían aplicarse en conjunto para analizar, en cada caso, los lapidarios en función de su forma, tamaño, trazado, ubicación y en la que aparecen, una vasta tarea que abarca un enorme periodo de tiempo y afecta a una gran extensión geográfica.

Sabemos que los gremios de constructores eran escuelas de arquitectura que actuaban como auténticos centros iniciáticos donde se transmitían, bajo una rigurosa observancia, los secretos de sus prácticas al estilo de las hermandades órficas y pitagóricas, cuyos miembros tenían símbolos de reconocimiento que empleaban a modo de santo y seña para darse a conocer entre ellos. No podemos menos que preguntarnos si esto pudo desembocar en la creación de algún tipo de lenguaje, altamente especializado, cuyas claves sólo conocían quienes habían sido iniciados en el arte de la construcción, es decir, los maestros y los oficiales más avezados. Desde este punto de vista, ¿podemos afirmar que las marcas de cantero, o por lo menos un buen grupo de ellas, son una especie de alfabeto secreto, el argot empleado por los constructores para preservar de forma velada los teoremas que les ayudaron a levantar las ermitas, iglesias y catedrales medievales? Si es así, debería ser posible inferir el mensaje que contienen si aplicamos el mismo código utilizado para su encriptación, esto es, si abordamos su estudio desde una perspectiva puramente geométrica.

No cabe ninguna duda de que, más allá de las fronteras políticas y geográficas, este conjunto de signos y figuras era bien conocido por aquellos que habían sido instruidos en las logias de constructores.  Es natural que siendo su oficio el de la construcción los maestros, oficiales y artesanos fuesen capaces de interpretar este conjunto de signos de una forma que escapaba al profano y cuyas claves se han perdido irremisiblemente en el tiempo[14]. Durante la Edad Media, grupos itinerantes de maestros y artesanos viajaban allá donde fuese necesario levantar una iglesia o construir un edificio. Tal conjunto de signos les habría permitido trabajar en cualquier país transmitiendo a otras cofradías los métodos geométricos que conocían. No es descabellado pensar que sobre este «corpus geométrico» formado por todo tipo de símbolos y figuras, se incorporasen otro tipo de mensajes, de carácter simbólico, alegórico o ritual, como sucede con los emblemas de la masonería, supuesta heredera de los conocimientos y las prácticas de los gremios de constructores medievales [15].

Esta dimensión esotérica de la geometría cargada de simbolismo, aunque desconocida hoy en día, estaba muy presente en el pensamiento medieval de muchas formas. Los miembros de las hermandades de constructores aunque eran los responsables de la construcción de los edificios de culto estaban liberados del yugo eclesiástico y vivían y trabajaban como hombres libres, todo un privilegio en una sociedad altamente jerarquizada donde era muy difícil acceder a los conocimientos. Esto tuvo sus consecuencias, y se produjo el desarrollo de una élite de profesionales cuyo espíritu abrió nuevos caminos, preparando el resurgir de las ciencias y las artes en Occidente. Es así como pudieron llegar a Europa, por la vía de las traducciones árabes, lo mejor de la geometría euclidiana, la doctrina pitagórica del número y la teoría de los sólidos platónicos, todo ello dentro de la mejor tradición hermética de la filosofía alejandrina.

M. G. Ghika, en referencia a la importancia del papel que jugaron estos conocimientos en la historia de la arquitectura, escribe que «con todo derecho puede afirmarse que la geometría esotérica pitagórica se trasmitió desde la antigüedad hasta el siglo XVIII, por un lado a través de las cofradías de constructores, que a la vez se trasmitieron, de generación en generación, un ritual iniciático en que la geometría desempeñaba un papel preponderante, y por otro, por la Magia, por los rosetones de las catedrales y los pentáculos de los magos» [16]. Lo simbólico y lo técnico son dos aspectos cuyos límites eran difíciles de discernir en aquellos tiempos, cuando las fronteras entre arte, ciencia y religión aún no habían sido claramente establecidas. Por otro lado, sabemos que uno de los objetivos del maestro arquitecto formado en la tradición de la arquitectura sagrada era reflejar la unicidad que hay tras la aparente diversidad de los fenómenos de la naturaleza, y es por ello que para incorporar en su obra esas mismas razones debía recurrir a un amplio abanico de disciplinas que requerían una formación que abarcaba todos los ámbitos del saber, incluida la filosofía y la música. Sólo así podría ser capaz de enfrentarse a la tarea de construir una réplica a escala del cosmos, una metáfora de la misma estructura de la realidad. Como bien sabía San Agustín, «el arte imita a la naturaleza en sus operaciones», y en arquitectura esto se traducía en una búsqueda constante de la perfección a través del trabajo con la piedra y la organización y distribución del espacio.

 


 

[9] Lampérez y Romea, Vicente: Historia de la arquitectura cristiana española en la Edad Media según el estudio de los elementos y los monumentos, I. Madrid, Espasa Calpe, p. 56.

[10] Van Belle, Jean-Louis, Signes graves, signes écrits, signes reproduits, SIGNO. Revista de Historia de la Cultura Escrita, 2001, I.S.S.N. 1134-1165, Universidad de Alcalá, pp. 211-247; Dictionnaire des signes lapidaires, Belgique et nord de la France, Ciaco Editeur, 1984.

[11] Martínez Prades, José Antonio, Los canteros medievales. Madrid, Akal, 2001, pp. 34-35.

[12] «The study of masons’ marks, described as marks made on the blocks of walling stone and on moulded stone as part of the construction process, has advanced considerably in the last half century. Pragmatic studies in which we record and analyse marks within the context of single buildings have replaced collection of marks by antiquarians who hoped to trace the work of itinerant masons from building to building across medieval Europe. (…) There are two basic types of mark: assembly marks that enabled builders to join sectional masonry without written instruction; and the banker marks that seem to indicate authorship. There is no documentation for the use of either type of mark and so the processes at work have to be determined from study of the buildings in which they occur. Assembly marks usually consist of a numeric sequence, loosely based on Roman numerals, and are often cut across the joint faces ofadjacent stones, showing that the piece was dry-assembled to check the fit». Alexander, Jennifer S., The introduction and use of Mason’s Marks in Romanesque buildings in England. Medieval Archaelogy, 51, 2007, pp. 63-64.

[13] J.A. Brutails, en su obra Compendio de Arqueología de la Edad Media publicada en 1923 advierte que «desde la remota antigüedad y en gran parte de la Edad Media los canteros señalaban con frecuencia los bloques de piedra con marcas de fácil diseño y sencillas en gene­ral», y que «esos signos del aparejo indicaban a veces la forma y orden en que debían ser colocados los bloques», por lo que concluía que «el estudio de estas marcas y de su agrupamiento comporta en ocasiones una serie de conclusiones interesantes sobre la marcha de los trabajos y sobre la historia de la construcción».

[14] Entre las diferentes agrupaciones medievales de artesanos, las más célebres fueron las guildas, entre las cuales existían todo tipo de ritos iniciáticos, y cuyos usos se perpetuaron hasta mucho después, resurgiendo entre las logias creadas a partir de los siglos xvii y xviii. Una de las guildas de mayor renombre y con más ramificaciones por toda Europa era la de los albañiles, constructores de palacios y catedrales.

[15] «Los estatutos de los canteros medievales de la catedral de Estrasburgo que han llegado hasta nosotros revelan las ceremonias secretas con las que eran recibidos los aprendices, los compañeros y los maestros. Una larga serie de artículos que hacen referencia al régimen interior y a las normas de seguridad a tener en cuenta por maestros y compañeros, demuestran la complejidad a la que habían llegado este tipo de asociaciones. Así sabemos que cada compañero recibía, al ser admitido en el segundo grado de la jerarquía corporativa, un signo que le pertenecía toda la vida (salvo caso de prevaricación) y servía de firma en las piezas importantes (claves de bóveda, por ejemplo), le caracterizaba como una persona responsable y era utilizado como signo de reconocimiento y contraseña de paso en sus viajes y contactos con miembros de su logia o logias afiliadas. En esta última circunstancia debía “situar y leer” su signo, es decir, dar su esquema geométrico y su sentido simbólico». Puente López, Juan Luis, Firmado en la piedra, Edilesa, 4ª edición, p. 20.

[16] Según M.G. Ghyka, los responsables del auge de la arquitectura religiosa entre los siglos VIII y XI, fueron los discípulos de San Benito, quienes desde Montecassino y Saint-Gall, tradujeron los textos matemáticos griegos y alejandrinos, entre ellos la obra de Euclides y el tratado sobre arquitectura de Vitruvio. También por esta vía serían introducidos la mística pitagórica de los números y la geometría de los sólidos platónicos y su relación con las razones armónicas de la escala musical. Puente López, Juan Luis, Firmado en la piedra por los maestros canteros medievales, Edilesa, 2006, 4ª edición, pp. 13-14.

 

Safe Creative #1204031416369 Las marcas de cantería en el contexto de la arquitecura medieval - (c) - Rafael Fuster Ruiz y Jordi Aguadé Torrell

 

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